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Evangelio: Lucas 7,2-41.

2 Se encontraba enfermo y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste.
3 Habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera y salvara a su siervo.
4 Éstos, llegando ante Jesús, le suplicaban insistentemente, diciendo: "Merece que se lo concedas,
5 porque ama a nuestro pueblo y él mismo nos ha edificado la sinagoga."
6 Iba Jesús con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: "Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo,
7 por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra y quede sano mi criado.
8 Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: "Vete", y va
9 Al oír esto, Jesús quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: "Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande."
10 Cuando los enviados volvieron a la casa hallaron al siervo sano.
11 A continuación se fue a una ciudad llamada Naín. Iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre.
12 Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda
13 Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: "No llores."
14 Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: "Joven, a ti te digo: Levántate."
15 El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre.
16 El temor se apoderó de todos y glorificaban a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros", y "Dios ha visitado a su pueblo".
17 Y lo que se decía de él se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.
18 Los discípulos de Juan le llevaron todas estas noticias. Entonces él, llamando a dos de ellos,
19 los envió a decir al Señor: "¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?"
20 Aquellos hombres se acercaron a él y le dijeron: "Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?"
21 En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos.
22 Y les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva
23 ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!"
24 Cuando los mensajeros de Juan se alejaron se puso a hablar de Juan a la gente: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?
25 ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten magníficamente y viven con molicie están en los palacios.
26 Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta.
27 De éste es de quien está escrito: He aquí que envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino.
28 "Os digo: No hay, entre los nacidos de mujer, ninguno mayor que Juan
29 Todo el pueblo que le escuchó, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios, y se hicieron bautizar con el bautismo de Juan.
30 Pero los fariseos y los legistas, al no aceptar su bautismo, frustraron el plan de Dios sobre ellos.
31 "¿Con quién, compararé, pues, a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen?
32 Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: "Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado."
33 "Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: "Demonio tiene."
34 Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: "Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores."
35 Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos."
36 Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa.
37 Había en la ciudad una mujer pecadora pública. Al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume
38 y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba
39 Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: "Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora."
40 Jesús le respondió: "Simón, tengo algo que decirte." Él dijo: "Di, maestro."
41 "Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta.



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